Geo González | ¿Quién debe contar la historia?

¿Deben ser ellos quienes cuenten las historias? Es obvio que la respuesta es no, sin embargo, durante siglos la respuesta fue si.
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¿Han sido los hombres los únicos protagonistas de las historias? ¿Deben ser ellos quienes cuenten las historias? Es obvio que la respuesta es no, sin embargo, durante siglos la respuesta fue si.

Así ha sido en guerras, conquistas, descubrimientos, ciencia, política, música, pintura, escultura y el largo etcétera de la historia de un mundo que pareciera haber sido habitado solo por hombres como los grandes protagonistas. En la narrativa de la historia ha tardado mucho en darse crédito, lugar y visibilidad a las mujeres. Eso se atribye principalmente a dos cosas, el sesgo cultural que impidió y prohibió a las mujeres no participar de ello y que la crónica, la voz cantante la llevaba el hombre, para el hombre.

De tal manera que la balanza inició y permaneció inclinada hacia lo masculino impulsada por una cultura machista, incluida la religión, “mandando a la banca” la opinión de la mujer, que perdía validez, credibilidad, peso y por lo tanto aceptación. El acceso al conocimiento, a la educación quedó desbalanceada de igual manera. En pocas palabras la historia se comenzó a contar mayoritariamente sin la narrativa y presencia de la mujer.

Se limitó su participación solo en lo familiar, muy en corto y para ciertos temas creándose una inercia dificil de contrarrestar, pero no imposible porque no olvidemos ni por un segundo que en el esquemá táctico de la humanidad, ¡las mujeres somos grandes contadoras de historias! Y no solo eso, somos grandes tejedoras, tejemos redes que comunican, que ayudan, que envuelven y contienen, pero tambien que impulsan, como gigantesco tombling para que las cosas cambien. Costó sangre, sudor y letras conquistar el derecho a ser parte de la narrativa, como protagonistas y como voz cantante.

La política, la cultura, el arte, literatura, música, historia, la ciencia y la poesía comenzaron a ser narradas con la imprescindible óptica, participación y vivencia de mujeres. A mi particularmente me fascina la historia de Sor Juana, es el ejemplo ideal de quien encontró la manera de ser parte del concimiento, de la educación, de la narrativa y de la historia. ¿Su estilo? ¡Poético sin duda!

El deporte, sin embargo, ha tardado más y es que, como señala Marina Catañeda, culturalmente el deporte se convirtió en una trinchera machista, esa donde “el hombre debe probar que es hombre”, “donde lo débil, las lágrimas, no caben”. Basado principalmente en el uso de la fuerza y la resistencia al dolor, como símbolo único del valor es que el deporte mantuvo su unilateralidad en la práctica y por lo tanto en la crónica.

La mujer no cabía en el deporte y eso fue desde el inicio, con los griegos, que no permitían a las mujeres no solo practicarlos ni siquiera podían verlos. Cuando llegaron los juegos de la era moderna el Barón Pierre de Coubertin volvió a “golear al género”.

El llamado padre del olimpismo moderno prohibió la participación de la mujer en el deporte. Afortunadamente hay “Sor Juanas” por doquier y en los segundos Juegos Olímpicos de la era moderna ya las mujeres competían. Sin embargo no se pudo establecer una racha ganadora ya que a pesar de ser ellas protagonistas de las historias deportivas, aun no eran ellas las encargadas de narrarlas.

Sin embargo, era claro que “el último out estaba lejos de caer” porque justamente la incursión en la práctica del deporte fue lo que comenzó a fraguar el cambio. Se abría una rendijilla para que la mujer fuera parte de la crónica, para que la voz de la mujer en el deporte tuviera eco, peso y por lo tanto credibilidad. ¡A tejer se ha dicho! La atleta, la protagonista sería la encargada de platicar su historia, sin embargo no fue lo equitativo que debió ser porque la opinión, la pregunta, la entrevista, la narrativa, seguía siendo de ellos y se nos volvió a ladear la historia. La crónica sobre ellas se centró hacia lo estético, emotivo y dulce mientras la de ellos hacia lo épico, heróico, ejemplar.

Pasó mucho tiempo, mas de 50 años quizá, para que en los deportes asignados a “lo femenino” la voz de la mujer comenzara a tener cabida. Deportes como gimnasia, nado sincronizado, abrían las primeras posibilidades de escuchar a la mujer en la crónica con autoridad y credibilidad, pero seguía siendo un poco de lo mismo, “de las mujeres y sus deportes, que hablen las mujeres”, eso sí, siempre poniendo como ancla principal un hombre en algo que ahora llamaríamos el “micrófono guía”.

Los espacios se abrían, sí, pero muy condicionados, muy a cuenta gotas y cuenta notas.

Fueron abiertos desde una perspectiva sexista, más hacia el “atractivo visual”, objetivisando completamente a la mujer dentro del ámbito de la comunicación y periodismo deportivo. Eso, lejos de abrir el espació, lo desvió hacia un callejón sin salida, fomentando el estereotipo, es decir, la presencia de la mujer debía cumplir con los estigmas de esteticidad, alejándola de la credibilidad. El “calladita te ves más bonita” que le llaman.

La resistencia de quienes han controlado la narrativa deportiva ha sido mucha y muy prolongada, convirtiéndola casi en “el crimen perfecto”, es decir, hacer periodismo y crónica deportiva para hombres, hecho por hombres. ¿Cuándo entonces podría romperse el círculo? ¿Cuándo, si desde lo editorial, comercial y deportivo, el deporte estaba orientado hacia la audiencia varonil, podría entrar la voz de una mujer, hablando de lo que solo al hombre “en teoría” le interesa? Y peor aun ¿por qué permitirlo? Era como si de pronto en los jueves de dominó una mujer se sentara a jugar, cerrara el juego ganando la partida y darle el crédito de haberlo hecho a propósito, porque sabía que “el cierre a blancas habiendo salido la mula de unos, no se pierde”.

¿Cuándo, si en la cultura y educación familiar son los hombres quienes practican deporte y lo consumen en la tele?¿Cuándo si el control de la tele, el lugar privilegiado en el sillón no era de ellas? ¿Cuándo si la labor de la mujer es satelital, girando alrededor de esto, a veces de chofer a la práctica del fut, o de proveedora de viandas o gestionando y asumiendo la convivencia familiar en torno a esto? ¿Cuándo si en los medios deportivos solo el 4% del contenido es sobre deporte femenil? ¿Cuándo si las propias mujeres no veían en el deporte el medio para empoderarse ni la convicción para ser parte de?

Parecíamos volver a estar estar con la cuenta en tres y dos en la última entrada. Pero es aquí donde el deporte actúa con su increíble magia y sus súper poderes, es decir, los valores, sus épicas conquistas, su formativo andar, son universales para hombres y mujeres por igual. Y así, poco a poco las redes volvieron a tejerse, las mujeres pasamos de ser solo porristas a ser protagonistas y de ahí cronistas porque lo que sigue despues vivir una experiencia es contarla. Y créame, nadie se resiste a una buena historia.

La mujer es la gran contadora de historias, desde el “érase una vez", hasta el “colorín colorado”, pasando por la bruja mala, el ogro, el héroe, la villana o el árbitro. No es justo, no es ético, no es equitativo, ni humano dejarla fuera de la crónica del deporte cuando es parte de la crónica de la vida.

No se trata de comparar quien cuenta las mejores historias, si hombres o mujeres, se trata de que nadie se quede sin la oportunidad de escuchar las más variadas crónicas. Porque el mundo es diverso, en el estamos ambos.

Silbatazo final
De esta manera trato de contribuir, con el contexto histórico, cultural y deportivo de porqué en la narrativa del deporte, la voz de la mujer, tardó tanto en hacerse presente porque en este largo trayecto hemos venido por el camino de terracería construyendo puentes para empatarnos en el derecho y privilegio de contar historias, esas, a las que nadie pueda resistirse.

Sirva este texto como una manera de seguir tejiendo redes para que más mujeres sean parte de la mágica urdimbre de emociones, pasiones y valores que es el deporte, porque en él cabemos todos.