Ricardo Otero | La orfandad de los Astros

La decepción por el robo de señales de Houston evoca otros episodios negros del deporte.

RICARDO OTERO
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Antes y durante la pasada Serie Mundial, que tuve el grandísimo honor de cubrir para TUDN, leí el libro Astroball para comprender las claves del éxito de los Houston Astros.

Entre aviones, traslados y el poco rato de paz en el hotel antes de que me venciera el sueño tras jornadas por igual vertiginosas, laboriosas y gratificantes, quedé atrapado por una de esas historias para las que vivimos quienes nos dedicamos al periodismo. Ben Reiter, periodista de Sports Illustrated, fue quien persiguió esta historia desde que los Astros eran el hazmerreír de las Grandes Ligas.

En junio de 2014, un reportaje de Reiter sobre el proyecto de Houston se llevó la portada de la publicación, donde predecía que en 2017 ganarían la Serie Mundial. Lo notable no es solo que acertaron, sino que esta premonición ocurrió en un año en el que los Astros tuvieron marca de 51-111.

Este proyecto, encabezado además por un mexicano, Jeff Luhnow, se cayó ayer cuando las Grandes Ligas anunciaron los castigos por los robos de señales a los Astros. Luhnow, gerente general, y el manager AJ Hinch, fueron suspendidos de cualquier actividad relacionada con MLB por un año y poco después despedidos por el dueño del equipo, Jim Crane.

Aquí hay más detalles de la historia .

Aún en la neutralidad y objetividad que debemos guardar quienes nos dedicamos a esto, es imposible no generar algún tipo de simpatía o admiración por un equipo que en tres años pasó de la mediocridad a la gloria con un trabajo metódico e inteligente. Confieso que no tengo equipo favorito de Grandes Ligas, pero el Astroball me hizo emocionarme en su momento.

La filiación deportiva se basa en un principio de identidad. Hay algo que atrae de ese deportista o equipo que idolatramos que empata con la forma de pensar, la historia, el origen y/o la ubicación geográfica del individuo.

“La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana”, dijo Napoleón Bonaparte y ese principio se aplica por completo al deporte: la aspiración de triunfar y de reflejarse en los ganadores es el arma más poderosa para adquirir adeptos.

Pero cuando se descubre que la victoria fue basada en engaños, hay un sentimiento de orfandad. Es la peor de las derrotas. Le pasó a Lance Armstrong. Le pasó a Marion Jones. Y en general a todos quienes ganaron y fueron descubiertos en la trampa del dopaje.

Lo de los Astros fue, en sí, una especie de dopaje. Pero las Grandes Ligas parecen enfrentarse a un problema generalizado, pues ya hay acusaciones de que no solo Houston, sino también Boston, Yankees y Dodgers, al menos, robaron señales a sus rivales. Y el problema, me cuentan, es tan añejo, como que los Yankees de la época de Joe DiMaggio hacían lo mismo, pero sin una cámara de alta definición haciendo zoom.

Se destapó la cloaca y vendrán semanas de revelaciones alrededor del beisbol, pero lo más grave, de dudas y aficionados decepcionados hacia su pasatiempo favorito.

Como pasó con el ciclismo de ruta, este puede ser un golpe letal a la credibilidad del beisbol. El juego seguirá, el show continuará, pero puede que ya no sea igual desde ahora.

¿Cuántas personas dejarán de creer en el deporte profesional y de alto rendimiento? Napoléon tenía razón.

Es la orfandad de los astros. Y de los Astros.