Ricardo Otero | Un mundo sin deporte

A tres semanas de que prácticamente todo el deporte paró alrededor del planeta, habría que pensar como sería el mundo sin sus historias.

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Tengo un recuerdo algo vago, pero recuerdo al fin y al cabo, de la Final de la plataforma de 10 metros en Seúl 1988, cuando Jesús Mena ganó la medalla de bronce y fue el “ganador” entre los mortales de una competencia que protagonizaron dos leyendas: Greg Louganis y Xiong Ni.

Fue la primera medalla olímpica para México que vi en vivo.

Tengo un recuerdo extremadamente lúcido de cuando grité a la televisión “¡Levántala!, ¡LEVÁNTALA!”. Soraya Jiménez levantó la carga más pesada de su vida y yo levanté de la cama a mis padres y a mis hermanos. Fue la primera medalla de oro que vi para México en unos Juegos Olímpicos.

No digamos de aquel gol de Ricardo Ferretti en la Final de la temporada 1990-91, mis gritos y los de mi hermano, que bien pudieron poner en alerta a mis vecinos, así como del momento, después del partido, en el que Antonio Moreno entrevistó para la transmisión de Imevisión al conmovido héroe del tercer título de los Pumas, en el baño, el día de su retiro. Quien piense que el 'Tuca' es un tipo rígido y sin sentimientos, es porque no vio ese momento.

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El día en que Ana Guevara voló en el tartán del Stade de France en los Campeonatos Mundiales de 2003 y un demencial tiempo de 48.89 segundos que no fue un récord mundial, pero difícilmente se me podrá olvidar algún día.

La última ofensiva de los 49ers en el Super Bowl XXIII, con la precisión quirúrgica de cada pase de Joe Montana hasta el de anotación a John Taylor. Fue el primer partido de futbol americano que vi.

Los seis minutos en los que Steven Gerrard, Vladimir Smicer y Xabi Alonso marcaron para que el Liverpool se levantara de un 0-3 en la Final de la Liga de Campeones de Europa en Estambul. Para cuando Jerzy Dudek hizo esa milagrosa atajada en el tiempo extra, ese 25 de mayo de 2005, yo ya me había convertido para siempre al bando del entonces David que hoy, en 2020, es Goliat.

El momento en el que levanté los brazos cuando Raúl enfiló desde atrás de media cancha, solo, dribló a Santiago Cañizares, disparó con la derecha –la de palo, diría Luis Omar Tapia– celebró el 3-0 del Real Madrid sobre el Valencia en la Final de la Champions de 2000, y no los bajé hasta que se reanudó el juego.

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Las siete horas y feria que estuve frente a la televisión viendo la Final de Wimbledon 2008, incluso pese a la pausa por lluvia, pues no quería perderme ni un instante a la reanudación. Aunque hubo duelos quizás más épicos desde entonces, ese definió el tenis contemporáneo como lo conocemos.

Las capturas que he hecho con mi cámara a Rafael Nadal, Novak Djokovic y Roger Federer. Quizás nunca cubra un Grand Slam, pero poder colgar en mi pared fotografías que le tomé a los mejores tres tenistas masculinos de la historia son mucho, pero mucho más, que un simple consuelo.

El dolor de las siete eliminaciones de México en los Octavos de Final de los últimos siete Mundiales que he vivido en todos los lugares posibles: en casa, con amigos, en el trabajo y hasta en el estadio.

El rugido del Estadio Azteca al terminar la Final de la Copa Confederaciones 1999, cuando sentí que se caía a pedazos; o el silencio en el gol de Walter Samuel en la Semifinal de la Copa Libertadores 2000, cuando también sentí que el Azteca se caía a pedazos.

Pero más recuerdo el 4 de mayo de 1988, cuando mi padre me llevó por primera vez al Estadio Olímpico Universitario, al menos con uso de razón. Fue un 2-2 entre Pumas y Morelia, en la última jornada del torneo. Ahí, en la tribuna, nos encontramos a Miguel España, entonces capitán, quien no jugó, pero me firmó el boleto del juego –que perdí, por cierto-. 22 años después, Miguel estaba sentado junto a mí en la redacción de TDN como mi compañero de trabajo.

Son solo algunos de los pocos recuerdos que tengo en el contexto del deporte. Gracias a él, también aprendí valores que me han sido útiles para todos los aspectos de mi vida.

No concibo mi vida sin esos recuerdos y sin esas historias. Y estoy seguro, que pocos o muchos, todo mundo los tiene.