Ricardo Otero | El domingo negro de Tokyo 2020 y el Kintsugi japonés

Los Juegos Olímpicos están en otra crisis y la milenaria tradición de Japón le da consuelo.

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Hay una costumbre milenaria japonesa donde, si se rompe un plato, un jarrón o algún objeto, en lugar de desecharlo, lo pegan y pintan de oro las grietas para destacar esas imperfecciones.

El Kintsugi viene muy ad hoc con los Juegos Olímpicos de Tokio y no solo los de la edición que -aún- está programada para celebrarse este año. En 1936, la capital de Japón fue elegida para ser sede de los de 1940, pero la segunda guerra sino-japonesa les hizo renunciar al año siguiente. Los que sí se celebraron, en 1964, se hicieron aún bajo la sombra de las bombas atómicas de 1945, pues dos chicos que nacieron en Hiroshima y Nagasaki los días de los ataques encendieron el pebetero olímpico.

La nación que en 1964 recibió los Juegos por primera vez en territorio asiático en medio de su reconstrucción parecía tener un escenario color de rosa en su reaparición: convertida en una potencia tecnológica y económica mundial, con las sedes listas, con toda clase de implementaciones para celebrar un evento memorable y con la llegada de una nueva era en el deporte, posterior a Michael Phelps y Usain Bolt.

A las “grietas” del jarrón olímpico nipón podemos agregarle las demás del movimiento: los desastrosos Juegos de la primera década del siglo pasado, la manera en la que el Tercer Reich aprovechó para su propaganda los Juegos de Berlín, los atentados de Múnich 1972 y Atlanta 1996, la bancarrota casi declarada del COI en los años 70 y los boicots, especialmente los de Moscú 1980 y Los Angeles 1984.

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El movimiento olímpico tardó casi un siglo en hacerse inmune a problemas logísticos, presiones políticas y problemas financieros, pero faltaba la prueba que, de hecho, pone en jaque la piedra angular del deporte, que es la salud.

En solo unas horas, el Comité Olímpico Internacional abrió la puerta a la postergación de Tokyo 2020; la federación internacional del deporte que más medallas entrega, World Athletics, hizo una petición en ese sentido; y por primera vez un país se negó a mandar atletas si los Juegos se realizan, como están programados, del 24 de julio al 9 de agosto.

En solo unas horas, el Comité Olímpico Internacional enfrentó su primera amenaza de boicot desde Seúl 1988.

Parece difuminarse, entre la velocidad de propagación del COVID-19, el recuerdo de que hace cuatro años también hubo dudas sobre Río 2016 por el brote del zika. Salvo unos cuantos deportistas profesionales que declinaron ir, aquellos Juegos se realizaron con normalidad y su problemática más grande terminó por ser la recesión económica y la crisis política que enfrentó Brasil aquel año, aspectos que para el COI ya eran conocidos, pero que le pegaron fuerte al país anfitrión.

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No ha habido una postergación de los Juegos Olímpicos desde el año 67 d.C., de acuerdo con nuestro colega Alberto Lati, cuando el emperador romano Nerón lo decretó para que él pudiera asistir a las competencias.

Vaya, como lo leyeron. Han pasado mil 953 años -sin contar esos errores documentados en el conteo de los años desde aquella época- y el olimpismo ha pasado también por otros tiranos, pero nunca uno de 120 nanómetros de extensión capaz de hacer lo mismo que Nerón.

Tokyo 2020 no se cancelará. Algunos comités olímpicos nacionales, como el de Australia, ya previeron, ya sea de manera pública o privada, a sus atletas para competir en 2021. La opción de 2022, a mi parecer, es más viable, ya que en los años impares la mayoría de los deportes olímpicos celebran sus campeonatos mundiales y dentro de dos años, sin Mundial de futbol en el verano boreal, hay una ventana que no debería desperdiciarse.

Pero esos dos años son demasiado para los planes personales de los atletas. ¿Cómo decirle a Paola Espinosa, con una hija de dos años, que también postergue su retiro para dedicarle el tiempo y la atención que merece Ivana? ¿Cómo le dices a María Espinoza que espere a 2022 para realizar los planes de vida -sean cuales sean- que ha dejado pendientes por el taekwondo?

El 73.7 por ciento de los atletas olímpicos solo participaron en una edición de los Juegos. ¿Cómo les dices a esos 8 mil deportistas que podrían perder la oportunidad por la que invirtieron toda su infancia y juventud? Porque no todos son Bolt, Phelps, Gatlin, Biles, Kipchoge o Bekele. Para la mayoría, su acreditación y poder agregar el título "OLY" a su nombre es la meta de media vida.

No digamos el costo financiero que tendrá que asumir Japón. ¿Qué habría pasado con este escenario hace cuatro años en Brasil, en plena recesión?

La grieta de 2020 será grande y requiere reformas profundas en el movimiento olímpico, un rediseño, sino total, sí significativo, para reducir los efectos de la siguiente crisis. Porque la habrá.

Pero esa grieta, con el tiempo, también lucirá como el oro.

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