Memoria México 1968: Los 93 escalones de Enriqueta Basilio

Por primera vez una mujer encendió el pebetero de unos Juegos Olímpicos, en una ceremonia.

RICARDO OTERO
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En el aniversario 476 del primer desembarco de Cristóbal Colón en el nuevo continente, los Juegos Olímpicos llegaron a América Latina. El Estadio Olímpico tenía entonces capacidad de 83 mil 700 aficionados, pero los reportes de la época sugieren una asistencia de unas 100 mil personas en las gradas para la ceremonia inaugural de los Juegos de 1968. Había incluso gente trepada sobre el letrero monumental de "México 1968" ubicada en la cabecera sur del estadio, con aquella tipografía creada por Lance Wyman de líneas paralelas para formar cada letra y que a la fecha sigue vigente.

Una salva de 21 disparos de cañón saludó al presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz; al del COI, Avery Brundage; y al del comité organizador, Pedro Ramírez Vázquez, seguida del himno nacional y unos gigantescos globos con los aros olímpicos se elevaron desde la cancha para dar inicio a la ceremonia.

Este día Enriqueta Basilio perdió la vida, tenía 71 años de edad.

Participaron 112 países, que desfilaron sobre la innovadora pista de tartán en orden alfabético según el idioma español, aunque, como dicta la tradición, Grecia fue la primera delegación en aparecer y México, en su calidad de anfitrión, la última. Los 5 mil 558 deportistas que participaron representaron un récord de los Juegos, no obstante, solo 783 eran mujeres.

La ceremonia inaugural de México fue una muestra del júbilo mexicano que se manifiesta en los grandes eventos deportivos, pero también del repudio a su régimen. Mientras el presidente Gustavo Díaz Ordaz daba la declaratoria inaugural, voló un papalote negro en forma de paloma, en recuerdo de la represión del 2 de octubre.

Luego de un viaje de 50 días de la Antorcha Olímpica, llegó a su destino final en el pebetero del Estadio Olímpico Universitario, donde ardió hasta el 27 de octubre.
Su periplo fue un homenaje a Cristóbal Colón, el descubridor de América, pues pasó por Génova, su ciudad natal; el Puerto de Palos, en donde se embarcó al viaje al nuevo mundo; y la isla de San Salvador, donde desembarcó por primera vez en el continente, el 12 de octubre de 1492.

Por la pista del Estadio Olímpico, en sentido contra del reloj, la atleta Enriqueta Basilio levantó la ovación y los gritos de "¡México, México!" de los aficionados presentes.
Basilio, quien competiría días después en los 80 metros con vallas y el relevo 4x400, subió por una escalinata temporal que conectó la pista de tartán con el pebetero, en la parte más alta de la tribuna oriental y recorrió los 93 peldaños a la mayor velocidad posible.

La atleta originaria de Mexicali no era una heroína del deporte mexicano ni estaba considerada entre las favoritas para conquistar una presea en aquellos Juegos, pero se convirtió en la primera mujer en encender un pebetero olímpico desde que esta tradición se instauró en Berlín 1936.

El maratonista Pablo Garrido fue el encargado de enunciar el juramento de los atletas; el de los jueces apareció apenas por primera vez cuatro años después, en Múnich 1972. Inmediatamente después, se liberaron 10 mil palomas desde la cancha, donde también se encontraban los deportistas que desfilaron.

Durante 16 días, los ojos del mundo, aún dudosos sobre su estado social, los efectos de la altura y su capacidad de organización, voltearon hacia México y el sueño olímpico latinoamericano.

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Hassan Ammar/AP

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