Ormeño y la mesa de los grandes

Tal vez, las 'caricias' recibidas en Querétaro son la señal de lo que está gestando el 'Ormeñismo'.

MIGUEL CABALLERO
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Del cúmulo de recuerdos de mi infancia, los festejos de Nochebuena guardan un lugar especial.

Cuando pienso en ellos, más allá del entusiasmo por la visita de los primos, la cena especial que preparaba mi madre o recibir uno que otro regalo (situación poco común, pues éramos más de los Reyes Magos que de Santa Claus), existe un símbolo que los distingue y, por supuesto, pone en jaque la estabilidad emocional: el comedor perfectamente dividido por dos mesas (la de los grandes y la de los niños).

Además de remarcar la división generacional, en ese hecho (al que mi padre dedicaba religiosamente dos o tres horas cada tarde-noche del 24 de diciembre), existía un mensaje oculto: el ganarse poco a poco, con el paso de años, tras alcanzar la madurez requerida (es decir, entender y responder albures a la brevedad; beber cerveza, whisky o ron sin largarte a dormir antes de las tres o cuatro de la mañana; u opinar sobre política, religión, trabajo y demás banalidades disfrazadas de responsabilidades que al crecer nos abruman día y noche), el derecho de ocupar una silla fija -y no por chacoteos o berrinches esporádicos- en aquella mesa donde, ingenuamente, además de todo, se cree que están los secretos de la vida.

Y esto viene a cuento por una simple razón; o debo decir, un nombre: Santiago Ormeño.

Lejos de (pretender) rememorar -y pontificar- sobre su evidentísimo crecimiento en el juego y su faceta ‘gamer’ devenida en inesperada y carismática figura del futbol mexicano, lo acontecido esta tarde ante Querétaro me llevó a aquellas noches decembrinas de los noventas.

No fueron menos de cinco o seis caricias blandas del uruguayo Hugo Magallanes sobre Ormeño, incluyendo un zape dentro del área queretana (el cual, lo único que hizo fue seguir encumbrando el ridículo que supone el VAR en nuestro balompié), que vistas desde otra perspectiva, más allá de la calentura natural por ser ‘nuestro’ jugador, podrían darnos (o tal vez es sólo cosa mía) una lectura sobre lo que está gestando el mentado Ormeñismo.

Seis goles en el pasado Apertura 2020 (Guard1anes 2020) y cuatro en lo que van del actual torneo, sumados a las destacadas actuaciones colectivas tanto en la gestión de Juan Reynoso como en la de Nicolás Larcamón, tal vez estén en el proceso de significar que Ormeño, de menos a más, lejos de visitas esporádicas, esté jalando su silla a la mesa de los grandes.

El proceso será difícil, estará acompañado de marcas férreas (como la de hoy y tal vez un poco más), de solicitudes de entrevistas diarias, de un bombardeo en redes sociales y demás cosas que, me gusta imaginar, Ormeño ha comenzado a darse cuenta.

Y en este afán de imaginar, fantaseo también con una imagen: Ormeño cargando una silla, poniendo rumbo junto a los adultos y yo tirándole del suéter para decirle que sí, que está bien, que qué felicidad, pero que no se olvide de la mesa donde comenzó todo. Y donde nada acaba.

Nos leemos la siguiente semana. Y recuerden: la intención sólo la conoce el jugador.