Ricardo Otero | Simone Biles nos enseña que ganar ya no es a toda costa

El retiro de Simone Biles del all-around de la gimnasia artística será la historia más grande de Tokyo 2020.

RICARDO OTERO
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Si a Tokyo 2020 le faltaba algo para ser los Juegos Olímpicos más atípicos de la historia, el retiro de Simone Biles de la Final individual del all-around es el toque de lo inesperado entre todo lo inesperado.

Porque esta decisión quedará como la historia más importante de estos Olímpicos . No un récord, no un racimo de medallas de un deportista, no una de esas hazañas en la zona de competencia, sino un grito sonoro de “ya basta” de quien fue llamada con anticipación la reina de estos Juegos.

Entre Simone Biles y Nadia Comaneci se han querido establecer muchas comparaciones, pero las épocas, las condiciones de competencia y hasta los biotipos de las gimnastas eran muy diferentes en sus respectivas carreras.

Sin embargo, los contextos de su segunda participación en Juegos Olímpicos pueden dar un retrato más preciso de lo dura y contraproducente que fue su fama.

El caso de Nadia

Tras revolucionar la gimnasia artística para siempre, apenas con 14 años de edad, Nadia Comaneci se presentó a Moscú 1980 como un símbolo de la Rumania comunista y como la deportista a seguir de una justa en la que el bloque de Estados Unidos y aliados, más de 60 países, decidieron no presentarse.

En los cuatro años previos, Nadia fue usada como una herramienta de propaganda del régimen del dictador rumano Nicolae Ceausescu. Con la presión entera de volver a brillar para su país, bajo los ojos del mundo entero y con un jueceo que, cuentan, favorecía cuanto podía a las gimnastas soviéticas, Comaneci se quedó con la plata en el all-around.

Aquella plata es un éxito más, casi al margen, en el palmarés de una de las más grandes glorias del deporte, pero también, con el tiempo, un recordatorio de lo difícil que es generar un reinado de largo plazo en la gimnasia: ni siquiera Nadia Comaneci pudo revalidar el título del all-around.

Hace 53 años que nadie lo logra. La última fue Vera Caslavska, con los oros de Tokyo 1964 y México 1968. Y justo en la capital nipona, parecía una garantía que se acabaría ese periodo. El oro de Simone Biles parecía ante los ojos del mundo un mero trámite que la elevaría, para muchos, a ser la mejor gimnasta de la historia.

El caso de Simone

Pero Biles, como ya sabemos, se hizo a un lado . Después de un salto de caballo deficiente en la prueba por equipos, optó por dejar la competencia, que sus tres compañeras completaran el resto de los aparatos (en cada aparato, los equipos eligen a tres de sus cuatro gimnastas para ejecutar) y este miércoles declinó competir en el all-around individual.

El motivo de esos repentinos retiros: la salud mental. El agobio de cargar con el peso de los Juegos, el agobio de que cada paso y cada salto sea juzgado por miles de millones, los comerciales grabados, la competencia puesta en el horario prime de la mañana del continente americano y el miedo, muy razonable, a no cumplir con la expectativa más alta para un deportista en el evento más importante del mundo.

Es cierto, a Biles no la usa su gobierno como herramienta de propaganda, al menos no de la manera que se hizo con Comaneci, pero no podemos olvidar que la gimnasta texana fue una de las cientas afectadas por el caso de abuso sexual del doctor de la selección, Larry Nassar .

El éxito de una generación entera de gimnastas de Estados Unidos, que logró acabar con el dominio de los antiguos países del bloque comunista, ocurrió bajo una historia sistemática de abuso solapada por la federación de aquel país. Simone Biles es una de las sobrevivientes de una historia que empezó a salir a la luz justo en el ciclo olímpico que está terminando con Tokyo 2020.

Biles vivió una pesadilla toda su juventud en un mundo que, en la fachada, parecía ser un ejemplo de éxito y un modelo a seguir. Ese fue el costo por sus decenas de medallas olímpicas y mundiales

Las decisiones

Hace 41 años, la exigencia en el deporte era no solo un factor común, sino una obligación a soportar, pero hay una línea, que en realidad no es tan delgada, entre exigirse el máximo, aguantar un regaño cuando algo sale mal y que te roben la vida.

Nadia Comaneci huyó de Rumania en 1989. Se instaló en Estados Unidos, donde vive desde entonces y se casó con Bart Conner, otro exgimnasta de ese país, que también presume oros olímpicos, aunque sin los reflectores de su esposa.

“Quería ser libre”, es la frase con la que Nadia justifica esa decisión. Su huida fue como la de millones de refugiados que huyen del terror en casa para buscar la paz en el exilio: por tierra, pasando por varios países a escondidas hasta finalmente llegar a un destino.

Simone no necesitará huir de Estados Unidos, pero sí buscará su propia libertad.

Puedo imaginar que la presión que sintió Nadia en Moscú 1980 fue delirante, pero no tuvo la opción de retirarse. A Simone le acompañan una serie de acciones de otros deportistas en pro de su salud mental, el último caso, cuando Naomi Osaka decidió retirarse de Roland Garros y Wimbledon.

La salud mental dejó de ser el tabú que era hace 40 años. O hace menos tiempo incluso. El deportista ya sabe que ganar no es a toda costa. Nadia no lo sabía.

La plata de Nadia en Moscú 1980 no tendrá, a la larga, el impacto del retiro de Simone en Tokyo 2020. Nadia seguramente no podía tomar esa decisión.

Afortunadamente, tarde o temprano, el deporte evoluciona.

Y Simone no está sola.

Ceremonia de inauguración Tokyo 2020

Ceremonia de inauguración Tokyo 2020

Getty Images

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