Raúl Méndez | Messi y Barcelona. La impensable ruptura

En esta historia el público ha identificado claramente al héroe y al villano.

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No habrá un desenlace feliz en la novela que protagonizan el Futbol Club Barcelona y Lionel Messi.

La relación surgió cuando nadie en Argentina quiso o pudo pagar el tratamiento que el pequeño astro necesitaba y apareció el club catalán al rescate para darle la oportunidad de crecer hasta convertirse en el jugador más dominante de su tiempo.

Fue en una servilleta donde Messi signó su primer acuerdo con el Barcelona que fue representado por Carles Rexach, entonces secretario técnico.

El rosarino ha dado una retribución inimaginable al Barça que ha gozado de la época más gloriosa en sus 120 años de historia. A cambio, el argentino recibe el salario más alto del planeta.

Y en la plenitud de esos días felices le dieron el poder de terminar la relación de manera unilateral pensando que sus últimas fantasías al máximo nivel serían enfundado con la camiseta culé para después vivir el ocaso de su carrera en una liga menor.

De la romántica anécdota de la servilleta pasaron al impersonal y frío burofax en el que Messi solicitó la activación de dicha cláusula.

Los motivos no han sido expuestos personalmente sino a través de medios afines que confirman las diferencias del crack con la directiva que encabeza Josep María Bartomeu, quien no supo rodearse de una dirección deportiva capaz de construir un equipo competitivo sobre el mejor jugador del mundo.

En esta historia el público ha identificado claramente al héroe y al villano.

Messi es el máximo ídolo del deporte de masas. En un futuro lejano podremos contar a nuestros descendientes que lo vimos jugar. Somos la generación Messi-Cristiano Ronaldo. Durante más de una década han sido una máquina de goles y títulos.

La Pulga también es de carne y hueso. Detenta un poder que reta a la propia institución. Pedir su salida fue un acto ideado con anticipación junto a sus abogados y no un calentón como cuando renunció a jugar con la selección albiceleste.

Bartomeu, como el personaje más despreciable en la historia blaugrana, no quiere colgarse la etiqueta de ser el presidente que perdió a Messi y apela a defender los intereses del club. Bajo ese tenor alega que la fecha para activar la cláusula de salida expiró en junio pero el argentino argumenta que los contratos se extendieron por la pandemia del Covid-19.

No olvidar que la amplitud de los contratos es solamente una recomendación de la FIFA pero, si fuera el caso, Messi debía solicitar su salida veinte días antes del final de la temporada.

Son claras las dos posturas. El jugador quiere irse libre y el club pretende mantenerlo en contra de su voluntad porque tiene contrato vigente hasta el próximo verano, a menos que alguien pague los setecientos millones de euros de su cláusula de rescisión u ofrezca algún intercambio que convenga al proyecto de renovación que lidera Ronald Koeman.

De no llegar a un acuerdo tendrían que recurrir a los tribunales para dirimir sus diferencias y que un juez establezca el monto a pagar para su salida. Dicho proceso puede alargarse y mientras Messi tendría un permiso provisional para jugar con el club que acepte comprarlo sin saber lo que tendrá que pagar posteriomente.

Y si consigue su libertad tampoco es sencilla su marcha al Manchester City que debe cumplir con las reglas del Fair Play Financiero.

Hasta la próxima semana. Cuídense mucho, por favor.