Raúl Méndez | La nueva normalidad del futbol

Entramos por la fuerza a un futbol totalmente para la televisión.

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Fue raro el regreso de la Bundesliga. Tendremos que acostumbrarnos a ver estadios vacíos -y a través de la televisión- durante varios meses.

El “juego del hombre” sin gente en las gradas en la competición con el mayor promedio de asistencia (43 mil personas por partido) en Europa.

El regreso a la actividad fue un delicioso platillo entre Borussia Dortmund y Schalke 04, el Derbi del Ruhr, la zona donde los historiadores sitúan el nacimiento del futbol como el juego de la clase obrera en Alemania.

A finales del siglo XIX llegaron miles de inmigrantes a esa región ante la necesidad de mano de obra para explotar las minas de carbón y acero de la Cuenca del Ruhr. Ahí se propagó el juego.

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También fue en Dortmund donde se aprobó en 1962 la creación de la Bundesliga.

En el reinicio de la liga germana hubo una ausencia dolorosa, la de El Muro Amarillo (Die Gelbe Band), los adoradores del Borussia Dortmund.

Pocos clubes en el mundo pueden presumir una afición tan leal como la del BVB. Son casi 25 mil personas que ocupan en su totalidad la Curva Sur en cada partido. En Europa no hay estadio con un espacio más amplio sin butacas. Ahí, los 90 o más minutos de un juego hay que gozarlos de pie.

El sábado 16 de mayo no hubo quien desplegara mosaicos espectaculares con mensajes de aliento o mantas (los famosos tifos) con leyendas en contra del Schalke en la llamada “madre de todos los derbis”. Tampoco bengalas que alumbraran ni el ruido que ensordece a los arqueros rivales. Sólo retumbó el eco de los gritos de la cancha.

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Extrañamos los cánticos que distinguen al futbol europeo, especialmente el “Nunca caminarás solo”, que cuando suenan sus acordes sabemos que no sólo estamos en Anfield sino también en el otrora Westfalenstadion.

Fue un estadio sin alma. No concibo el juego sin ellos. Sin esos que se arremolinan para comprar un boleto. No importa el costo o si lo que se sacrifica es la comida o un servicio de primera necesidad. Nada sabe y ni nada vale como estar ahí parado celebrando la victoria o llorando la derrota.

BVB prescindió de una de las aficiones más intimidantes del mundo. Al final, la fragilidad del Schalke, que apenas registra un triunfo en liga en lo que va del año, los quebró sin más remedio.

Entramos por la fuerza a un futbol totalmente para la televisión. Millones esperaban con ansia que el balón rodara por el césped. En el mundo de la globalización, en cientos de países conectarse a la señal fue encontrar agua en el desierto.

Adiós, por ahora, al hermoso ritual de los jugadores con niños sonrientes a quienes llevan de la mano para la formación de gala; adiós, por ahora, a la foto de los equipos que retrata un momento en el tiempo, al choque de manos que hermana rivales, a la celebración de un gol donde el sudor ajeno se vuelve el propio, al asqueroso, pero necesario escupitajo…

Casi robóticos, los jugadores se miraban confundidos en el querer tocar y no poder. Ya se le olvidó a este y se le untó al otro. ¿Cómo se festeja un gol sin contacto humano? ¿Cómo se convida la dicha del triunfo a metro y medio?

Ahora los entrenadores pueden cambiar a casi medio equipo durante el partido. Las lesiones serán más frecuentes. El sábado ocho jugadores tuvieron dolencias. Es la factura que se paga en el futbol en los tiempos del coronavirus.

Toca hacernos a la idea de que, nos guste o no, este será el futbol del futuro inmediato.

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Me quedo con el final del partido cuando los jugadores del Borussia Dortmund guardando la sana distancia caminaron hasta el fondo sur del estadio para agradecer a los ausentes. No en cuerpo, pero sí en alma, El Muro Amarillo acompañó a su tribu.