Color: El Estadio Azul, una despedida a toda máquina

El Estadio Azul vivió su última jornada futbolística con el Cruz Azul vs Morelia, y las emociones estuvieron a flor de piel

FERNANDO VÁZQUEZ
logo
Install
Agréganos a tu pantalla de inicio para visitarnos más fácil y rápido

"Cámara, ya avancen, ya son 4:30 y hay que entrar", imploraba un seguidor celeste, "víctima" de la marea azul en los alrededores de la calle de Indiana, un súbito y concluyente pelotón que sumaba manos y cabezas a medida que avanzaba, como una bola de nieve del tamaño de una mano y dejada a la deriva. La caravana ganaba adeptos a su paso, por más escépticos que fueran, así como el Estadio Azul ganaba seguidores, aunque fuera su último día de futbol, si, aunque solamente fuera para apoyar y entrañar a un gigante que tiene los días contados."Esto solo se ve en Liguilla", repitió 3 veces otro joven con la camisa celeste, orgullosa portadora del parche conmemorativo de la fecha especial, mientras que la reventa vendía boletos a precios de Final: "de a 1200 al cambio".

Varias de las puertas de acceso al inmueble permanecían bloqueadas por hileras de aficionados con boleto que se resistían a entrar en el umbral por última vez, cuando solamente faltaban 20 minutos para el que sería el último silbatazo inicial en los alrededores de la colonia Nochebuena.Justo con el silbido del árbitro se desataban las patadas a la pelota, las atajadas, las faltas o las tarjetas, pero también se desenredaría el sentimiento de nostalgia tan mágico y que no se da cada 15 días en un recinto que, hasta ese momento, parecía vivir una jornada más.El Estadio Azul se pobló y, a final de cuentas, fue más celeste que nunca, como el cisne que da su último canto antes de morir. Los postes llegaron, al igual que los goles: Martín Cauteruccio y Ángel Mena, los últimos anotadores en la historia del inmueble capitalino. Los vítores estaban cantados desde tiempo atrás, solamente faltaba hacerlo de manera oficial.El encuentro parecía de 2002, 2010, de 1999 o 2004, cualquier año en el que no se pensara que la casa cementera sería demolida, de Liguilla o de temporada regular, el público ovacionaba hasta los saques de banda, mientras que las personas que se movían en los pasillos no dejaban de ver al rectángulo verde, algunos con problemas incluso para caminar por las escaleras vencidas por el tiempo, defectos sufridos por vendedores o aficionados y que serán tapados solamente con la desaparición del escenario.Ya en los minutos finales fue cuando la sensación de despedida invadió absolutamente todo el aire que se respiraba en la Ciudad de los Deportes, con las 27 mil 253 personas con boleto pagado como el último aforo oficial. 

"Oé oé oé, oé oé oé oá, cada día te quiero más....

"Oé oé oé, oé oé oé oá, cada día te quiero más. Oooooooooh, soy celeste..." gritaba la afición, de pie y con las banderas regaladas a la entrada del estadio, ondeadas con armonía futbolística. No, no era una Final, tampoco un clásico, pero el Estadio Azul vivió algo insólito al escucharse el mismo cántico sin parar a partir del minuto 83, algo que haría sonrojar a la noble afición del Westfallenstadion o de Anfield. Cruz Azul tuvo la última jugada de la historia en Ciudad de los Deportes: un tiro de esquina por izquierda. Con el 2-0 a favor, poco importaba guardar la pelota. La Máquina buscó la meta de Sosa hasta el último suspiro, justo cuando el silbato del árbitro sonó para nunca más escucharse..."Oé oé oé...", sentido, dedicado, efusivo, con el confeti azul, blanco y rojo, con Vicente Fernández de fondo y Diego Torres con "Color esperanza" después, mientras que Monarcas Morelia, el invitado que mordió el polvo en la mágica jornada se metía al vestidor y dejaba el protagonismo a los héroes locales, sin Liguilla, pero con una carga emocional importante, inolvidable."Gracias Estadio Azul", salía la manta dedicada a la afición de la cabecera norte, que brilló con un mosaico al principio del encuentro con el símbolo de la cooperativa; unos hincados, otros con los brazos en alto. Los pupilos de Pedro Caixinha (ausente por sanción) vivían el momento de una forma especial, cada uno a su manera a la par de dar una vuelta olímpica, sin mayor trofeo que los pañuelos fusionados con el viento de las añejas y moribundas tribunas.No había razón para quedarse, no había premiación, pero nadie se iba. El sonido local daba el último mensaje a la afición y recordó a jugadores como Adomaitis, César Delgado, Christian Giménez (el más ovacionado), Carlos Hermosillo y hasta Alejandro Castro, un "villano" de aquella Final en 2013 ante América, pero que tuvo cabida en la memoria. No había rencores de ningún tipo, era tiempo de estar en sincronía, como a la hora de hacer la ola humana: era momento de recordar y de agradecer por los buenos y malos momentos.La mirada está ahora en Santa Úrsula, pero el Cruz Azul no olvidará nunca a la que fue su casa desde 1996, un Estadio Azul que atesorará una parte de la historia en cada centímetro cúbico de su estructura y que apagó las luces todavía con la afición adentro. Las lágrimas escasearon, pero los que demostraron sus sentimientos, perdieron la mirada en el pasado de su equipo, y en lo que fue el recinto más añejo de la Ciudad de México, como si la capital perdiera también una parte de su identidad.

Aficion Cruz Azul
El adió al Estadio Azul