El viaje: la montaña rusa física y emocional hacia la victoria

Cuando se emprende una odisea, real o metafórica, se pone a prueba el talento, las emociones y la mente.

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El viaje. Pareciera una rutina. Tomar la salida y, después de un tiempo, llegar.

Pero en ese lapso hay demasiadas cosas que pueden pasar. Tomemos varios ejemplos:

Usain Bolt era un corredor muy alto para el estándar de los velocistas promedio y por tanto también más pesado, lo que le hacía salir siempre en último lugar, estar así hasta los 40 metros y después, gracias a su potencia sobrehumana, rebasar a todos antes de la meta.

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Antes de la salida en el maratón de Roma 1960, Abebe Bikila vio que le incomodaban sus zapatos. Decidió correr descalzo 42.195 kilómetros y, aún así, cruzó la meta antes que nadie y se convirtió en el primer campeón olímpico de África en la historia.

El futbolista alemán Franz Beckenbauer, no conforme con el fragor de una intensa batalla ante los italianos, sufrió una dislocación del hombro en la Semifinal de México 1970. No podían cambiarlo, así que jugó con cabestrillo el resto del partido.

Y podríamos llevarnos horas contando historias de superación y resiliencia por medio del deporte. Los astronautas del Apollo XI llegaron a la Luna tras varios días de viaje en los que se enfrentaron a dejar de experimentar la gravedad, a revisar que cada control de la nave funcionara y preparar todo para el majestuoso final.

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Porque, sí, el deporte es una metáfora de la vida y ganar es un acto de resistencia.